El ejemplo de Salt lo retrata a la perfección. No hay degradación social, no hay choque cultural, no hay fracaso del modelo. Solo alquileres caros y pobres atrapados. Da igual quién viva allí, cómo se comporte, qué normas respete o qué efectos tenga sobre el entorno. El dinero lo explica todo. Una simplificación grotesca para alguien que presume de pensamiento crítico. Es el catecismo del panfleto sindicalista que siempre ha repetido cuando se ha dignado a opinar. Ninguna sorpresa. El discurso esperado de un tipo con mentalidad dogmática e infantil, que no entiende cómo funciona el mundo y que lleva toda su vida siendo socialista. El mismo relato que repiten ONG, informes prefabricados y partidos socialdemócratas desde hace décadas.
La inmigración que se critica no es la del que viene a trabajar y adaptarse, sino la llegada masiva de colectivos que no se integran, que reproducen estructuras tribales, religiosas o clientelares incompatibles con la sociedad de acogida. No por pobreza, sino por cultura. Y eso no se arregla repartiendo dinero. Aunque conviene decirlo claro, los principales culpables no son solo los inmigrantes incívicos que no se adaptan, sino los partidos que promueven su entrada masiva y los votantes que legitiman esas políticas.
La obsesión materialista del socialista fracasado falla siempre en lo mismo. Confunde economía con civilización. Cree que todo es redistribución y que los valores, la identidad y las normas comunes son detalles secundarios. No lo son. Son lo central. Las sociedades funcionan porque comparten límites, no porque igualen ingresos. Décadas de consenso socialdemócrata han dejado barrios degradados, servicios colapsados, inseguridad creciente y una población harta que empieza a votar a quienes prometen orden, seguridad y prosperidad. Recuperar algo que funcionaba y que todos conocemos. De ahí nace lo que algunos llaman "ultraderecha". No como moda, sino como reacción lógica al deterioro provocado por élites políticas y culturales que gobiernan contra la gente común.
La desigualdad no es el problema. Es inevitable y necesaria. El problema es la pobreza. Y el socialismo, en todas sus versiones, no la combate, sino que la extiende. Igualar por abajo no es justicia, es mediocridad organizada. Ese es el mundo que defiende el socialismo: que nadie destaque, que nadie cuestione y que todos dependan. Mientras burócratas, ONG y filántropos de jet privado aplauden desde arriba.
El socialismo fracasó. Siempre. Con cualquier envoltorio. Y cada vez más gente no está dispuesta a seguir pagando el precio de esa fantasía, cuya "mercancía averiada" algunos aún son lo suficientemente mamertos como para seguir comprando.
Y conviene recordar algo que el mismo Nowomowa admitió mensajes atrás en esa oda a la cobardía intelectual en la que decía que no suele dar su opinión para que no se la refuten, y no le hagan dudar de sus dogmas. Quizá eso explique cómo alguien puede seguir siendo socialista con 51 años. Dice mucho de quien reconoce esa estrategia, porque demuestra de todo menos valentía y autocrítica. Si no dices lo que piensas, no te lo pueden desmontar. Así intentas hacer dudar a los demás mientras blindas tus creencias. El problema es que no consigue ni una cosa ni la otra.
De todos modos, no extraña que esconda sus opiniones. Son simples, previsibles y fáciles de triturar. Y aun así, no hace falta que las formule. Cada vez que intenta rebatir algo, deja clarísimo de qué lado está.
